Ataque de pánico: qué es, cuánto dura y qué hacer mientras ocurre
Por el equipo de Psicología y Psicoterapia Miguel Ángel, centro sanitario de psicología en Bilbao con consulta desde 1981.
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Un ataque de pánico es una oleada de miedo intenso que llega de golpe, alcanza su máximo en pocos minutos y viene acompañada de síntomas físicos fuertes, como palpitaciones, falta de aire, mareo, opresión en el pecho, sensación de irrealidad o de que algo terrible está a punto de pasar. No es peligroso, aunque lo parezca. Suele durar entre diez y treinta minutos, y lo que hace que vuelva no es el susto en sí, sino el miedo a que se repita.
¿Qué es exactamente un ataque de pánico?
Los manuales diagnósticos lo definen como un episodio de miedo o malestar intenso que alcanza su punto máximo en cuestión de minutos y en el que aparecen al menos cuatro de estos síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor, sensación de ahogo, opresión o dolor en el pecho, náuseas, mareo o inestabilidad, escalofríos o sofocos, hormigueo, sensación de irrealidad o de estar fuera de uno mismo, miedo a perder el control o a volverse loco, y miedo a morir (American Psychiatric Association, 2022).
Es más frecuente de lo que se piensa. En la Encuesta Mundial de Salud Mental, con datos de 25 países, más de una de cada diez personas había sufrido al menos un ataque de pánico en su vida. El trastorno de pánico, que es otra cosa, afectaba al 1,7 %, con una edad de inicio en torno a los 30 años, y en el 80 % de los casos convivía con otro problema, sobre todo ansiedad o depresión (de Jonge et al., 2016). La distinción importa, porque tener un ataque de pánico no significa tener un trastorno. El trastorno aparece cuando los ataques se repiten y la persona empieza a organizar su vida alrededor del miedo a que vuelvan.
¿Cuánto dura?
La parte más intensa dura pocos minutos, normalmente menos de diez. El cuerpo no puede mantener ese nivel de activación mucho más tiempo. La adrenalina que lo dispara se metaboliza y las sensaciones van bajando. Lo habitual es que entre veinte y treinta minutos después la persona esté agotada pero ya tranquila. Pueden quedar horas de cansancio, sensibilidad o miedo a que se repita.
En consulta escuchamos con frecuencia «me duró toda la tarde». Casi siempre, al reconstruirlo, lo que duró toda la tarde fue la ansiedad anticipatoria y la vigilancia del cuerpo, no el ataque. Es una diferencia importante para el tratamiento.
¿Es peligroso?
No. Un ataque de pánico es la respuesta de alarma del cuerpo disparada en un momento en el que no hay peligro real. Las palpitaciones son un corazón sano trabajando más deprisa; el mareo y el hormigueo vienen de respirar más rápido de lo que el cuerpo necesita; la sensación de ahogo aparece precisamente porque se está respirando de más, no de menos. Desmayarse durante un ataque es muy raro, porque la tensión arterial sube en lugar de bajar.
Los datos de urgencias lo ilustran bien. En un estudio con 441 pacientes que acudieron a urgencias de un hospital cardiológico por dolor en el pecho, uno de cada cuatro cumplía criterios de trastorno de pánico, y los médicos lo identificaron en una proporción mínima de casos (Fleet et al., 1996). Es una historia que vemos a menudo, con varias visitas a urgencias, pruebas normales y la persona saliendo con la sensación de que «no han encontrado lo que tengo».
Dicho esto, la primera vez que aparecen síntomas como dolor torácico o dificultad para respirar conviene descartar causas médicas con el médico de cabecera. Una vez descartadas, seguir haciéndose pruebas alimenta el problema en lugar de resolverlo.
El miedo al miedo, según la evidencia
El modelo con más apoyo empírico lo formuló David Clark hace cuatro décadas y sigue vigente. Según este modelo, los ataques de pánico se producen cuando sensaciones corporales normales se interpretan como señal de una catástrofe inminente (Clark, 1986). Una palpitación se lee como «me está dando un infarto»; un mareo, como «me voy a desmayar»; la sensación de irrealidad, como «me estoy volviendo loco». Esa interpretación dispara miedo, el miedo intensifica las sensaciones, y las sensaciones confirman la interpretación. En unos segundos el círculo se ha cerrado.
Esto explica por qué el pánico vuelve. La persona empieza a vigilar su cuerpo, a evitar los lugares donde ocurrió, a llevar siempre agua o a no salir sola, a no hacer esfuerzo físico «por si acaso». Cada una de estas medidas alivia a corto plazo y, a medio plazo, impide comprobar que las sensaciones no son peligrosas. El trastorno de pánico se mantiene con lo que uno hace para protegerse de él.
Pensemos, por ejemplo, en una persona de 34 años que ha ido tres veces a urgencias en dos meses. Ha dejado de conducir por autopista, de ir al gimnasio y de tomar café, porque todo lo que le acelera un poco el corazón se ha convertido en una amenaza. No tiene ningún problema cardíaco. Tiene un problema de interpretación, y eso se trata.
Dos ideas muy extendidas que la evidencia no respalda. La primera, que el pánico «es por estrés». El estrés puede ser el desencadenante del primer episodio, pero lo que lo mantiene después es el ciclo de interpretación y evitación, y por eso bajar el estrés no basta. La segunda, que ayuda respirar en una bolsa de papel. No hay apoyo para esa práctica y puede ser contraproducente, porque lo que ayuda es respirar más despacio, no respirar aire con menos oxígeno.
Qué hacer mientras ocurre
No hay que hacer nada especial para que un ataque de pánico termine, porque termina solo. Lo que sí ayuda es no añadir leña al fuego.
- Recuérdate que es un ataque de pánico, que ya lo has pasado antes y que en unos minutos habrá bajado. No es agradable, pero no es peligroso.
- Alarga la exhalación. Inspira normal y suelta el aire despacio, como si soplaras una vela sin apagarla. Respirar más lento reduce el mareo y el hormigueo.
- Si estás en un lugar seguro, quédate. Marcharte alivia ahora y enseña a tu cerebro que ese sitio era peligroso.
- No luches contra las sensaciones ni intentes «controlarlas». Déjalas estar y espera. Cuanto menos pelees, antes pasa.
- Al día siguiente, haz lo mismo que ibas a hacer. Evitar el lugar o la actividad es lo que convierte un ataque en un trastorno.
Cómo se trata
El tratamiento psicológico de elección es la terapia cognitivo-conductual. La revisión Cochrane que comparó ocho tipos de terapia psicológica en un metaanálisis en red concluyó que la cognitivo-conductual ofrece el mejor equilibrio entre eficacia y aceptación por parte de los pacientes (Pompoli et al., 2016). Un metaanálisis de 42 estudios realizado en la Universidad de Murcia encontró que la combinación de exposición, entrenamiento en respiración y relajación es la que da resultados más consistentes, y añadió un dato relevante, que el tratamiento funciona mejor cuanto menos tiempo lleva instalado el problema (Sánchez-Meca et al., 2010). Otra razón para no esperar a que se pase solo.
En consulta el trabajo tiene tres partes. La primera es entender el ciclo, es decir, qué sensaciones, qué interpretaciones y qué conductas de protección lo mantienen. La segunda es la exposición a las propias sensaciones, que consiste en provocar de forma controlada el mareo, las palpitaciones o la falta de aire para comprobar que no llevan a ninguna catástrofe. Suena contraintuitivo y es la parte que más cambia las cosas. La tercera es recuperar lo que se había evitado, ya sea la autopista, el gimnasio, el metro o el café. El tratamiento suele durar entre ocho y catorce sesiones, según el tiempo de evolución y si hay agorafobia asociada.
¿Cuándo pedir ayuda?
Un ataque aislado, sin más, no requiere tratamiento. Conviene consultar si:
- Los ataques se repiten o vives con miedo constante a que vuelvan.
- Has empezado a evitar lugares, actividades o situaciones por si te da.
- Has ido a urgencias más de una vez y las pruebas han salido bien.
- Necesitas ir siempre acompañado o llevar «por si acaso» agua, ansiolíticos o el móvil a mano.
- El miedo afecta a tu trabajo, tus desplazamientos o tu vida social.
En nuestro centro de Bilbao tratamos los ataques de pánico y la agorafobia con terapia cognitivo-conductual, en consulta presencial y online. Puedes ver cómo trabajamos en la página de terapia para la ansiedad o escribirnos para una primera cita.
Preguntas frecuentes
¿Un ataque de pánico puede provocar un infarto?
No. Las palpitaciones de un ataque de pánico son la respuesta normal de un corazón sano ante la adrenalina, la misma que tendría al subir corriendo una escalera. Ante un primer episodio con dolor en el pecho conviene una valoración médica, pero una vez descartadas causas cardíacas, no hay riesgo.
¿Puedo desmayarme durante un ataque de pánico?
Es muy poco probable. El desmayo se produce cuando baja la tensión arterial; durante un ataque de pánico ocurre lo contrario, sube. La sensación de mareo viene de respirar más rápido de lo necesario, y se reduce al respirar más despacio.
¿Ataque de pánico y crisis de ansiedad son lo mismo?
En el lenguaje cotidiano se usan como sinónimos. Técnicamente, el ataque de pánico es el episodio brusco, de minutos, con síntomas físicos intensos. «Crisis de ansiedad» es un término más amplio que a veces se usa también para episodios de ansiedad alta pero más graduales y prolongados. El tratamiento es similar en ambos casos.
¿Hay que tomar medicación?
No necesariamente. La terapia cognitivo-conductual es el tratamiento con mejor evidencia y en muchos casos es suficiente. Los ansiolíticos alivian el episodio pero no enseñan a manejarlo, y tomarlos «por si acaso» puede convertirse en una conducta de seguridad más. Los antidepresivos son una opción en casos graves o cuando hay depresión asociada; esa decisión se toma con el médico.
Referencias
- American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.). https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787
- Clark, D. M. (1986). A cognitive approach to panic. Behaviour Research and Therapy, 24(4), 461–470. https://doi.org/10.1016/0005-7967(86)90011-2
- de Jonge, P., Roest, A. M., Lim, C. C. W., Florescu, S. E., Bromet, E. J., Stein, D. J., … Scott, K. M. (2016). Cross-national epidemiology of panic disorder and panic attacks in the World Mental Health Surveys. Depression and Anxiety, 33(12), 1155–1177. https://doi.org/10.1002/da.22572
- Fleet, R. P., Dupuis, G., Marchand, A., Burelle, D., Arsenault, A., & Beitman, B. D. (1996). Panic disorder in emergency department chest pain patients: Prevalence, comorbidity, suicidal ideation, and physician recognition. The American Journal of Medicine, 101(4), 371–380. https://doi.org/10.1016/S0002-9343(96)00224-0
- Pompoli, A., Furukawa, T. A., Imai, H., Tajika, A., Efthimiou, O., & Salanti, G. (2016). Psychological therapies for panic disorder with or without agoraphobia in adults: A network meta-analysis. Cochrane Database of Systematic Reviews, 4, CD011004. https://doi.org/10.1002/14651858.CD011004.pub2
- Sánchez-Meca, J., Rosa-Alcázar, A. I., Marín-Martínez, F., & Gómez-Conesa, A. (2010). Psychological treatment of panic disorder with or without agoraphobia: A meta-analysis. Clinical Psychology Review, 30(1), 37–50. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2009.08.011