Duelo y cambios vitales
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Ha vivido una pérdida importante (fallecimiento de un ser querido, separación, cambios importantes en la estructura familiar, cambio de casa o colegio…)
- Está más triste, irritable o apagado/a desde ese cambio
- Parece confundido/a, desorientado/a o emocionalmente bloqueado/a
- Hace preguntas repetitivas sobre lo ocurrido o evita hablar del tema
- Muestra regresiones (más dependencia, miedos, conductas infantiles)
- Tiene cambios en el sueño, el apetito o el rendimiento escolar
- Parece “hacer como si no pasara nada”, pero algo ha cambiado
Acompañar a un niño, niña o adolescente en un proceso de duelo o ante un cambio vital importante puede resultar muy difícil. Muchas familias no saben qué decir, cómo ayudar o temen hacerlo mal, y a veces el dolor se vive en silencio.
Duelo y cambios: experiencias normales, vivencias únicas
El duelo infantil y el duelo en adolescentes no siempre se expresan como los adultos esperan, y pueden aparecer de formas muy diversas. Se trata de una respuesta natural ante una pérdida significativa. Aunque solemos asociarlo a la muerte, en la infancia y adolescencia también puede aparecer tras:
- la separación o divorcio de los progenitores
- cambios importantes en la estructura familiar
- mudanzas, cambios de colegio o de entorno
- pérdidas de referentes importantes
- enfermedades propias o de personas cercanas
- cambios vitales que alteran la sensación de seguridad
Cada niño, niña o adolescente vive estas experiencias de una forma diferente y no siempre de la manera que los adultos esperan, según su edad, su momento evolutivo, su personalidad y el apoyo que recibe del entorno.
Cómo se manifiesta el duelo en niños, niñas y adolescentes
El duelo no siempre se expresa como tristeza evidente. Puede aparecer de formas muy diversas, como:
- cambios de humor bruscos
- enfado, rabia o conductas oposicionistas o desafiantes
- retraimiento o aislamiento
- dificultades de concentración o bajada del rendimiento escolar
- miedos nuevos o intensificados
- síntomas físicos sin causa médica clara
- necesidad de controlar o, por el contrario, mayor pasividad
A veces el malestar aparece tiempo después del acontecimiento, cuando el entorno cree que “ya debería estar superado”.
Cuando el duelo o el cambio se complican
El proceso de adaptación puede volverse especialmente difícil cuando:
- el malestar no disminuye con el tiempo
- la vida del menor parece girar alrededor de la pérdida
- aparecen bloqueos emocionales persistentes
- se evita cualquier recuerdo o conversación relacionada
- el cambio vital genera una sensación constante de inseguridad
En estos casos, no significa que el niño, niña o adolescente esté gestionando mal la situación, sino que puede necesitar más apoyo para poder elaborar lo ocurrido.
Duelo, cambios vitales y otros aspectos relacionados
Los procesos de duelo y adaptación pueden convivir con:
- ansiedad o miedos
- tristeza, desmotivación o ánimo bajo
- dificultades emocionales y de conducta
- problemas escolares
- cambios en la autoestima o en las relaciones
Por eso, es importante comprender el contexto global del menor y no centrarse únicamente en el acontecimiento concreto.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- el malestar se mantiene o aumenta con el paso del tiempo
- hay un cambio claro y sostenido en la forma de ser o de funcionar del menor
- aparecen síntomas emocionales o conductuales intensos
- la pérdida o el cambio sigue ocupando todo el espacio emocional
- como familia no sabéis cómo acompañar sin hacer daño
No es necesario esperar a que la situación sea extrema. Acompañar estos procesos a tiempo puede prevenir un sufrimiento mayor.
¿Cómo trabajamos el duelo y los cambios vitales en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es hacer que “se le pase” como si nada hubiera ocurrido, ni forzar una adaptación rápida, sino acompañar al niño, niña o adolescente para que pueda dar sentido a lo ocurrido, expresar lo que siente y recuperar una sensación de seguridad.
En los casos de infancia y adolescencia, el trabajo comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, donde recogemos información sobre:
- la pérdida o el cambio vivido
- el momento evolutivo del menor
- el contexto familiar y relacional
- cómo se está acompañando el proceso
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y forma de expresarse. Este espacio no es solo evaluativo: muchas veces el vínculo, la escucha y la validación emocional ya tienen un efecto terapéutico importante.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia y acordamos conjuntamente cómo continuar el trabajo.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se está viviendo la pérdida o el cambio
- identificar emociones, miedos y bloqueos
- conocer los recursos personales y familiares disponibles
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- facilitar la expresión emocional
- integrar la pérdida o el cambio en la historia personal
- reforzar la sensación de seguridad y continuidad
- acompañar a madres y padres en cómo sostener el proceso
El proceso se adapta a la edad, las características del menor y la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias intentan proteger a sus hijos e hijas evitando hablar de lo ocurrido o “tirando hacia adelante”. Pedir ayuda no significa debilidad, sino querer acompañar mejor un momento vital delicado.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Alimentación, cuerpo e imagen corporal
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Muestra una preocupación constante por su cuerpo, su peso o su apariencia
- Habla mal de su cuerpo o se compara con otras personas con frecuencia
- Tiene miedo a engordar o a no gustar
- Evita ciertos alimentos o muestra rigidez con la comida
- Come con culpa, vergüenza o ansiedad
- Cambia su forma de comer según cómo se siente
- Se muestra insatisfecho/a con su imagen corporal pese a no existir un motivo médico
Ver estas señales puede generar mucha inquietud en las familias. Muchas se preguntan si es algo propio de la edad, si están exagerando o si conviene intervenir antes de que el malestar vaya a más.
Alimentación y cuerpo en el desarrollo
Durante la infancia y, especialmente, en la adolescencia, el cuerpo cambia. Estos cambios pueden generar dudas, inseguridad y comparaciones constantes. Vivimos además en un contexto social donde el cuerpo, la imagen y el peso reciben mucha atención y juicio.
Es normal que aparezcan momentos de incomodidad corporal o preocupación puntual. El problema aparece cuando:
- la relación con la comida se vuelve rígida o conflictiva
- el cuerpo se vive como un problema constante
- la imagen corporal condiciona el estado de ánimo o la autoestima
- aparecen conductas de control, evitación o culpa
- el malestar interfiere en la vida cotidiana
En estos casos, no hablamos solo de “manías” o “cosas de la edad”, sino de un malestar que conviene atender.
Cómo se manifiestan estas dificultades
Las dificultades relacionadas con la alimentación y la imagen corporal pueden expresarse de muchas maneras, por ejemplo:
- comentarios negativos recurrentes sobre el propio cuerpo
- comparación constante con iguales o con referentes de redes sociales
- evitación de situaciones sociales (piscina, vestuarios, comidas compartidas)
- rigidez con ciertos alimentos o miedo a comer “mal”
- cambios de humor ligados a la comida o al cuerpo
- sensación de pérdida de control o culpa tras comer
A menudo, el sufrimiento no se verbaliza directamente, pero se manifiesta en la conducta, el ánimo o la relación con los demás.
Alimentación, cuerpo y otros aspectos relacionados
Estas dificultades no suelen aparecer de forma aislada. Pueden convivir con:
- baja autoestima y/o dificultades en las relaciones con iguales
- ansiedad o miedos
- tristeza o desmotivación
- uso intenso de redes sociales
- experiencias de burla, crítica o presión externa
Por eso, es importante comprender el contexto global del menor y no centrarse únicamente en la comida o el cuerpo como si fueran el único problema.
Alimentación e imagen corporal y trastornos de la conducta alimentaria (TCA)
En algunos casos, estas dificultades pueden formar parte o evolucionar hacia un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), como la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón u otros cuadros relacionados con la restricción, los atracones o purgas (como vómitos, laxantes o ejercicio excesivo).
Es importante señalar que los TCA no suelen aparecer de forma repentina, sino que a menudo se desarrollan a partir de una relación cada vez más conflictiva con la comida, el cuerpo y la autoexigencia. Por eso, muchas de las señales descritas anteriormente pueden estar presentes mucho antes de que exista un diagnóstico claro.
Detectar y abordar estas dificultades en fases tempranas facilita intervenciones menos intensivas, reduce el sufrimiento y mejora el pronóstico en los trastornos de la conducta alimentaria.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- la preocupación por el cuerpo o la comida es persistente
- aparecen culpa, vergüenza o angustia al comer
- hay rigidez, evitación o control excesivo
- el malestar afecta al estado de ánimo, las relaciones o el día a día
- como familia sentís que el tema ocupa demasiado espacio
- o existen dudas sobre si puede tratarse de un problema alimentario más serio
No es necesario que exista un diagnóstico ni llegar a estar muy mal para pedir ayuda. Abordar estas dificultades a tiempo puede prevenir que se cronifiquen y suele facilitar procesos de recuperación más tempranos y menos complejos.
¿Cómo trabajamos la alimentación y la imagen corporal en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es imponer normas alimentarias ni centrarse en el peso, sino ayudar al niño, niña o adolescente a construir una relación más segura, flexible y respetuosa con la comida y con su propio cuerpo.
En los casos de infancia y adolescencia, el proceso comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, donde recogemos información sobre el desarrollo del menor, el contexto familiar, social y escolar, y cómo se está viviendo la dificultad.
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y forma de expresarse. Este espacio no es solo evaluativo: sentirse escuchado/a y comprendido/a suele tener ya un efecto terapéutico.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia y acordamos conjuntamente cómo continuar el trabajo, en función de cada caso.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se vive la relación con la comida y el cuerpo
- identificar patrones que generan malestar
- conocer el contexto emocional, familiar y social
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- reducir la culpa y el conflicto con la comida
- mejorar la relación con el propio cuerpo
- flexibilizar normas y exigencias internas
- fortalecer la autoestima y la identidad
- acompañar a madres y padres en cómo sostener el proceso
El proceso se adapta a la edad, las características del niño, niña o adolescente y a la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias conviven con estas preocupaciones pensando que “ya se le pasará” o que es algo normal de la adolescencia. Pedir ayuda no significa dramatizar ni etiquetar, sino querer acompañar mejor.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Autoestima, identidad y dificultades en las relaciones
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Se muestra inseguro/a, se infravalora o habla mal de sí mismo/a
- Tiene miedo al rechazo o a no encajar
- Le cuesta hacer amistades o mantenerlas
- Se aísla, pasa mucho tiempo solo/a o se siente “diferente”
- Depende en exceso de la opinión de los demás
- Vive los conflictos con iguales con mucha intensidad
- Parece no tener claro quién es, qué quiere o dónde encaja
Ver a un niño, niña o adolescente con estas dificultades suele generar mucha preocupación. Muchas familias sienten tristeza, impotencia o miedo a que esa inseguridad acabe marcando su forma de relacionarse consigo mismo/a y con los demás.
Autoestima e identidad: procesos en construcción
La autoestima y la identidad no son algo fijo, sino procesos que se construyen a lo largo del desarrollo, especialmente en la infancia y la adolescencia. En estas etapas es habitual:
- compararse con otros
- dudar de uno mismo/a
- sentirse inseguro/a en determinados contextos
- buscar pertenencia, reconocimiento y validación
El problema aparece cuando estas dificultades:
- se mantienen en el tiempo
- se intensifican
- limitan la vida social, emocional o escolar
- generan un sufrimiento significativo
En esos casos, no se trata de “timidez”, “falta de carácter” o “una etapa sin más”, sino de un malestar que necesita ser comprendido y acompañado.
Cómo se manifiestan las dificultades de autoestima y relación
En niños, niñas y adolescentes, estas dificultades pueden expresarse de formas muy diversas, como:
- aislamiento o retraimiento social
- miedo intenso a equivocarse o a ser juzgado/a
- dificultad para poner límites
- necesidad constante de aprobación
- conflictos frecuentes con iguales
- actitudes defensivas o evitativas
- cambios de humor vinculados a las relaciones con iguales
A veces el malestar no se verbaliza directamente, pero se hace visible en cómo el/la menor se relaciona con los demás y consigo mismo/a.
Autoestima, identidad y otros aspectos relacionados
Las dificultades en esta área suelen aparecer junto a:
- ansiedad social o miedos
- tristeza, desmotivación o ánimo bajo
- dificultades emocionales y de conducta
- problemas escolares
- uso problemático de tecnología y redes sociales
- experiencias de rechazo, acoso o exclusión
Por eso, es importante comprender el contexto global del menor y no reducirlo todo a “tiene poca autoestima” o “no se relaciona”.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- la inseguridad o el aislamiento no disminuyen con el tiempo
- el/la menor evita situaciones sociales de forma persistente
- hay un malestar claro en la forma de verse a sí mismo/a
- aparecen conflictos repetidos con iguales
- la autoestima interfiere en el bienestar o el desarrollo
- como familia sentís que no sabéis cómo ayudar
No es necesario esperar a que el problema sea muy intenso. Acompañar estos procesos a tiempo puede prevenir dificultades mayores en etapas posteriores.
¿Cómo trabajamos la autoestima, la identidad y las relaciones en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es “cambiar la personalidad”, sino ayudar al niño, niña o adolescente a construir una relación más segura consigo mismo/a, con los demás y con el mundo, fortaleciendo su identidad, autoestima y recursos emocionales y sociales.
En los casos de infancia y adolescencia, el trabajo comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, en la que recogemos información sobre el desarrollo del menor, su contexto familiar, escolar y social, y cómo se están viviendo las dificultades.
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y forma de expresarse. Este espacio no es solo evaluativo: en muchas ocasiones, sentirse escuchado/a, comprendido/a y validado/a ya tiene un efecto terapéutico importante.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia y acordamos conjuntamente cómo continuar el trabajo, en función de cada caso.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se vive a sí mismo/a y cómo se relaciona
- identificar situaciones y experiencias que han influido en su autoestima
- conocer el contexto emocional, familiar y social
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- fortalecer la autoestima y la sensación de valía
- favorecer una identidad más segura y coherente
- mejorar habilidades sociales y relacionales
- reducir el miedo al rechazo o a la crítica
- acompañar a madres y padres en cómo sostener estos procesos
El proceso se adapta a la edad, las características del niño, niña o adolescente y a la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias conviven durante años con la inseguridad o el aislamiento de sus hijos e hijas pensando que “ya ganarán seguridad con el tiempo”. Pedir ayuda no significa etiquetar ni dramatizar, sino querer comprender y acompañar mejor.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Uso problemático de tecnología y redes sociales
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Usa el móvil, consolas o redes sociales durante muchas horas, con dificultad para poner límites
- Se enfada, se frustra o se desregula cuando se limita o se interrumpe el uso de pantallas
- Ha ido dejando de lado actividades que antes le gustaban (juego, deporte, amigos, intereses)
- Duerme peor, está más cansado/a o descuida rutinas básicas por el uso de tecnología
- Tiene dificultades para estar sin pantallas (aburrimiento intenso, inquietud, malestar)
- Utiliza la tecnología como principal forma de regular emociones (calmarse, distraerse, evitar sentirse mal)
A veces se habla de adicción a pantallas, aunque en muchos casos resulta más preciso hablar de uso problemático de pantallas, atendiendo a la función que cumple en la vida del menor. Muchas familias sienten que no logran poner límites al uso de pantallas, o dudan de si el comportamiento de su hijo o hija es realmente preocupante, pero al mismo tiempo observan consecuencias claras en el estado de ánimo, las relaciones o el rendimiento escolar.
¿Es el uso de tecnología en sí problemático?
No necesariamente.
La tecnología, incluidas las redes sociales, videojuegos o contenido audiovisual, es parte de la vida actual de niños, niñas y adolescentes. Usarla no es malo per se ni está automáticamente vinculado a un problema psicológico.
El uso se vuelve preocupante cuando:
- domina gran parte del tiempo diario
- se usa para evitar emociones o situaciones difíciles
- interfiere con el descanso, la escuela o las relaciones
- genera tensión familiar constante
- está acompañado de malestar significativo
Detección: señales de advertencia
El uso problemático puede manifestarse como:
- dificultad real para regular el tiempo frente a pantallas
- irritabilidad o malestar emocional cuando se intenta limitar el uso
- descenso notable en actividades sociales, académicas o recreativas
- alteraciones del sueño asociadas al uso nocturno
- descenso en la motivación por otras actividades
Estas señales no ocurren solo por “pasar más tiempo en redes”, sino cuando ese tiempo desplaza progresivamente otras áreas vitales y se convierte en la forma principal de manejar el malestar emocional.
¿Qué dice la evidencia científica?
La investigación sobre este tema es activa y todavía está evolucionando. Algunos estudios indican que:
- el consumo excesivo y sin regulación de ciertos tipos de contenidos puede asociarse a un mayor malestar psicológico o rendimiento cognitivo en jóvenes
- no es una simple relación causal de “pantallas → problema”, sino que suele interactuar con otros factores (emociones, relaciones, contexto)
- el uso moderado y con propósito (socializar, aprender, jugar) no es necesariamente dañino
- las características del contenido y la forma de usarlo importan mucho más que el tiempo per se, siempre que ese tiempo no vaya en detrimento de actividades importantes para el bienestar del menor
En otras palabras: no se trata de demonizar tecnología, sino de entender cómo y para qué se usa.
Uso problemático y otros aspectos relacionados
El uso de tecnología puede estar relacionado con:
- ansiedad y miedos
- dificultades en la regulación emocional
- problemas de atención o rendimiento escolar
- aislamiento social o evitación
- baja autoestima
- estrés familiar por límites y normas
Por eso, es importante entender el uso de pantallas en el contexto de la vida del menor, sus emociones, sus relaciones y su regulación emocional.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- el uso de pantallas domina la rutina y el ánimo
- hay tensión familiar recurrente por los límites
- hay impacto en el sueño, la escuela o las relaciones
- el menor usa pantallas para evitar emociones difíciles
- sentimos que los intentos de regulación no funcionan
Pedir ayuda no significa “prohibir el móvil”, sino comprender mejor qué está ocurriendo y cómo acompañar de forma más útil.
¿Cómo trabajamos el uso problemático de tecnología en psicoterapia?
El objetivo no es eliminar el uso de tecnología, sino ayudar al niño, niña o adolescente a relacionarse con ella de forma más flexible, consciente y saludable.
En los casos de infancia y adolescencia, el proceso suele comenzar con una primera entrevista con madres y padres, en la que se recoge información sobre:
- patrones de uso
- contexto familiar y escolar
- función que cumple la tecnología en la vida del menor
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y forma de expresarse. Este espacio no es solo evaluativo: muchas veces, sentirse escuchado e identificado ya facilita un cambio de perspectiva.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia y acordamos conjuntamente cómo continuar el trabajo.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo y para qué se usa la tecnología
- identificar situaciones y emociones que facilitan el uso problemático
- conocer las dinámicas familiares en torno a límites y normas
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- mejorar la regulación del uso
- ampliar alternativas significativas fuera de pantallas
- trabajar habilidades de afrontamiento emocional
- fortalecer la comunicación familiar
- ajustar normas y expectativas de forma colaborativa
El proceso se adapta a la edad, las características del menor y la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias viven este tema con frustración, culpa o tensión constante. Pedir ayuda no significa que la tecnología sea “mala”, sino que podemos comprender mejor su lugar y ayudar a construir una relación más saludable con ella.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Dificultades en el colegio y aprendizaje
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Tiene dificultades para concentrarse o mantener la atención en clase
- Presenta bajo rendimiento escolar o notas por debajo de lo esperado
- Muestra desmotivación, rechazo o apatía hacia el colegio
- Se frustra con facilidad ante los deberes o el estudio
- Evita tareas escolares o necesita una supervisión constante
- Recibe quejas frecuentes desde el centro educativo
- Dice frases como “no valgo”, “soy tonto/a” o “para qué intentarlo”
Las dificultades escolares generan mucha preocupación en las familias. A menudo aparecen dudas, tensiones en casa y miedo a que el problema tenga consecuencias a largo plazo, sin saber bien por dónde empezar ni qué está fallando.
Dificultades escolares: cuando aprender se convierte en una fuente de malestar
Estas dificultades de aprendizaje o problemas de aprendizaje en el colegio no siempre se deben a falta de capacidad o inteligencia, sino a factores emocionales, relacionales o contextuales. En muchos casos, el aprendizaje se ve afectado por factores emocionales, relacionales o contextuales.
El problema aparece cuando las dificultades:
- se mantienen en el tiempo
- generan frustración, bloqueo o evitación
- afectan a la autoestima del menor
- deterioran la convivencia familiar
- convierten el colegio en una fuente constante de estrés
En estos casos, insistir solo en “esforzarse más” suele aumentar el malestar sin resolver el fondo del problema.
Qué puede estar influyendo en las dificultades de aprendizaje
Las dificultades escolares rara vez tienen una única causa. Suelen ser el resultado de la interacción de distintos factores, como:
- dificultades atencionales o de concentración
- ansiedad ante el rendimiento o el error
- baja autoestima o miedo a fracasar
- desmotivación tras experiencias repetidas de frustración
- problemas emocionales no expresados
- conflictos familiares o cambios vitales
- exigencia excesiva o presión académica
Cuando aprender se asocia a malestar, el menor puede desconectarse, bloquearse o rendirse antes de intentarlo.
Dificultades escolares y otros aspectos relacionados
Las dificultades en el colegio suelen convivir con:
- ansiedad o miedos
- dificultades en la regulación emocional y conductual
- tristeza, desmotivación o ánimo bajo
- problemas de relación con iguales
- sensación de no encajar o de “ir siempre por detrás”
Por eso, es importante comprender qué está ocurriendo en la vida del niño, niña o adolescente en su conjunto, y no centrarse únicamente en las notas o el rendimiento.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- las dificultades escolares persisten pese al apoyo recibido
- el colegio expresa preocupación de forma continuada
- el menor se muestra cada vez más frustrado o desmotivado
- aparecen bloqueos, evitación o rechazo intenso al colegio
- la autoestima se ve claramente afectada
- la situación genera mucha tensión familiar
No es necesario esperar a un fracaso escolar importante. Abordar estas dificultades a tiempo puede prevenir un mayor desgaste emocional y académico.
¿Cómo trabajamos las dificultades escolares y de aprendizaje en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es “hacer que estudie más”, sino comprender qué está interfiriendo en el aprendizaje y ayudar al menor a recuperar confianza, motivación y seguridad.
En los casos de infancia y adolescencia, el trabajo comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, donde recogemos información sobre el recorrido escolar, el contexto familiar y cómo se están viviendo las dificultades.
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y forma de expresarse. Este proceso no es solo evaluativo: muchas veces, sentirse comprendido y escuchado ya reduce parte del bloqueo y el malestar.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia y acordamos conjuntamente cómo continuar el trabajo, en función de cada caso.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se manifiestan las dificultades escolares
- identificar factores emocionales, atencionales o contextuales implicados
- conocer el funcionamiento familiar y escolar
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- reducir la ansiedad y el bloqueo ante el aprendizaje
- fortalecer la autoestima y la sensación de competencia
- mejorar la relación con el error y la frustración
- acompañar a madres y padres en el ajuste de expectativas y apoyos
- recuperar una actitud más segura y flexible hacia el estudio
El proceso se adapta a la edad, las características del menor y la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias viven estas dificultades con sensación de desgaste, culpa o conflicto constante. Pedir ayuda no significa que el menor “no pueda”, sino que necesita apoyo para aprender desde un lugar más seguro y respetuoso.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Tristeza, desmotivación y ánimo bajo
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
Se muestra triste, apagado/a o desmotivado/a gran parte del tiempo
- Ha perdido interés por cosas que antes le gustaban
- Está más irritable, sensible o distante de lo habitual
- Tiene menos energía o ganas de hacer cosas
- Se aísla más o pasa mucho tiempo solo/a
- Expresa frases de desánimo, vacío o falta de ilusión
- Parece no disfrutar con nada o vivir todo con desgana
Ver a un niño, niña o adolescente así suele generar mucha preocupación. Muchas familias sienten miedo, tristeza o culpa, y se preguntan si es “una etapa”, si están exagerando o si deberían hacer algo más.
Tristeza y desmotivación: cuándo forman parte del desarrollo y cuándo conviene atenderlo
A lo largo de la infancia y la adolescencia es normal atravesar momentos de tristeza, frustración o bajón emocional. El problema aparece cuando ese estado:
- se mantiene en el tiempo
- se vuelve intenso o persistente
- interfiere en la vida diaria
- afecta al colegio, las relaciones o la convivencia
- genera un sufrimiento claro en el/la menor
En estos casos, no se trata de “falta de ganas” ni de debilidad, sino de un malestar emocional que necesita ser comprendido y acompañado.
Cómo se manifiesta el ánimo bajo en niños, niñas y adolescentes
El malestar emocional no siempre se expresa igual que en los adultos. En la infancia y adolescencia puede aparecer como:
- apatía o desgana generalizada
- irritabilidad o enfados frecuentes
- aislamiento o retraimiento social
- quejas físicas (dolor de cabeza, barriga, cansancio)
- bajo rendimiento o desmotivación escolar
- dificultad para disfrutar o ilusionarse
A veces el malestar no se verbaliza, pero se hace visible en los cambios de comportamiento.
Tristeza, desmotivación y otros aspectos relacionados
El ánimo bajo puede aparecer junto a:
- ansiedad o miedos
- dificultades emocionales y de conducta
- problemas escolares
- conflictos con iguales o sensación de no encajar
- cambios vitales importantes (separaciones, duelos, mudanzas)
Por eso, es importante comprender el contexto global del menor y no reducirlo todo a “está triste” o “está pasando una mala racha”.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- la tristeza o apatía no remiten con el tiempo
- el/la menor se aísla o se apaga progresivamente
- hay un impacto claro en su día a día
- aparecen expresiones de vacío, inutilidad o desesperanza
- como familia sentís que no sabéis cómo ayudar
No es necesario esperar a que el malestar sea muy intenso. Intervenir a tiempo puede evitar que se cronifique y favorecer un desarrollo emocional más saludable.
¿Cómo trabajamos la tristeza y el ánimo bajo en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es “animar” ni forzar un estado emocional diferente, sino ayudar al niño, niña o adolescente a comprender lo que le está pasando, poner palabras al malestar y recuperar poco a poco conexión, motivación y sentido.
En los casos de infancia y adolescencia, el trabajo comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, en la que recogemos información sobre el momento vital, el contexto familiar y escolar, y cómo se está viviendo la situación.
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y forma de expresarse. Este espacio no es solo evaluativo: muchas veces el vínculo, la escucha y el sentirse comprendido ya tienen un efecto terapéutico.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia y acordamos conjuntamente cómo continuar el trabajo, en función de cada caso.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se expresa el ánimo bajo
- identificar factores que lo mantienen
- conocer el contexto emocional, familiar y social
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- favorecer la expresión emocional
- recuperar actividades y vínculos significativos
- fortalecer la autoestima y la sensación de valía
- acompañar a madres y padres en cómo sostener el proceso
- ayudar a construir una narrativa más amable sobre lo que ocurre
El proceso se adapta a la edad, las características del menor y la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias conviven con el ánimo bajo de sus hijos e hijas esperando que “ya se le pasará”. Pedir ayuda no significa alarmarse, sino querer comprender y acompañar mejor.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Dificultades emocionales y de conducta
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Tiene rabietas frecuentes o muy intensas para su edad
- Reacciona con mucha impulsividad, enfado o frustración
- Le cuesta regular sus emociones y “se desborda” con facilidad
- Pasa rápidamente de la calma al enfado o al llanto
- Desobedece de forma constante o entra en luchas de poder
- Parece estar siempre “a la defensiva” o muy irritable
- Después se siente mal, culpable o no entiende qué le ha pasado
Acompañar estas situaciones puede resultar muy agotador. Muchas familias se sienten desbordadas, cuestionadas o dudan continuamente si están actuando bien, si “es una etapa” o si algo no va como debería.
Dificultades en la regulación emocional y conductual: más allá del “se porta mal”
En la infancia y la adolescencia, las emociones todavía se están aprendiendo a reconocer, tolerar y expresar. Cuando un niño, niña o adolescente no cuenta aún con los recursos necesarios, ese malestar suele expresarse a través de la conducta.
Las dificultades emocionales y de conducta no aparecen “porque sí”. Suelen ser una forma de comunicar algo que no está pudiendo decirse de otro modo.
El problema aparece cuando:
- las reacciones son muy intensas o frecuentes
- interfieren en la convivencia familiar, el colegio o las relaciones
- generan mucho malestar en el/la menor o en su entorno
- se cronifican y parecen no mejorar con el tiempo
En estos casos, centrarse solo en “corregir la conducta” suele quedarse corto.
Cómo se mantienen estas dificultades
Las dificultades emocionales y de conducta suelen sostenerse por la interacción de varios factores, entre ellos:
- baja tolerancia a la frustración
- dificultad para identificar y expresar emociones
- impulsividad o respuestas muy rápidas al malestar
- dinámicas familiares tensas o muy exigentes
- respuestas del entorno que, sin querer, refuerzan el problema
- experiencias previas de conflicto, rechazo o inseguridad
A corto plazo, gritar, explotar o evitar puede aliviar. A largo plazo, suele aumentar la intensidad de las reacciones, el sufrimiento y el sentimiento de incomprensión, tanto en el menor como en la familia.
Dificultades emocionales y otros aspectos relacionados
Estas dificultades pueden aparecer junto a:
- ansiedad o miedos
- problemas escolares o de atención
- baja autoestima
- conflictos con iguales o aislamiento
- cambios vitales importantes (separaciones, duelos, mudanzas)
Por eso, es importante entender qué está pasando en el conjunto de la vida del menor, y no quedarse únicamente en la conducta visible.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- las rabietas o estallidos son muy frecuentes o intensos
- la convivencia se ha vuelto muy tensa
- hay sensación de ir “apagando fuegos” constantemente
- el colegio expresa preocupación
- el malestar afecta a toda la familia
- sentimos que lo hemos probado todo y nada funciona
Pedir ayuda no significa que el/la menor “tenga un problema grave”, sino que necesita apoyo para aprender a manejar lo que siente.
¿Cómo trabajamos las dificultades emocionales y de conducta en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es “corregir” al menor, sino ayudarle a comprender y regular mejor sus emociones, y acompañar a la familia para que pueda sostener ese proceso de una forma más ajustada y menos desgastante.
En los casos de infancia y adolescencia, el trabajo comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, donde recogemos información sobre lo que está ocurriendo, el contexto familiar, escolar y evolutivo, y cómo se están gestionando las dificultades en el día a día.
En las siguientes sesiones conocemos y evaluamos al menor, adaptándonos a su edad y a su manera de expresarse. Este espacio no es solo evaluativo: en muchas ocasiones, el propio vínculo, la comprensión y el sentirse escuchado ya tienen un efecto terapéutico.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia, compartiendo lo observado y acordando conjuntamente cómo continuar el trabajo. En función de cada caso, la intervención puede centrarse en el menor, en la familia o en ambos.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se expresan las emociones y la conducta
- identificar situaciones y dinámicas que mantienen el problema
- conocer el contexto familiar, escolar y relacional
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- mejorar la regulación emocional
- reducir respuestas impulsivas o desbordadas
- ampliar recursos para expresar el malestar
- acompañar a madres y padres en el ajuste de límites y respuestas
- fortalecer la sensación de seguridad y competencia del menor
El proceso se adapta a la edad, las características del niño, niña o adolescente y a la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias conviven durante mucho tiempo con estas dificultades pensando que “ya madurará” o que es algo que hay que aguantar. Pedir ayuda permite entender mejor lo que está pasando y acompañar de una forma más calmada, ajustada y eficaz.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros.
Ansiedad y miedos
¿Nos pasa esto?
Nuestro hijo o hija:
- Tiene miedos intensos o persistentes que no parecen desaparecer con el tiempo
- Se muestra muy nervioso/a, preocupado/a o anticipando constantemente que algo malo va a pasar
- Evita situaciones cotidianas (ir al colegio, dormir solo/a, separarse de nosotros/as, hablar con otras personas…)
- Presenta síntomas físicos como dolor de barriga, náuseas, cefaleas o llanto antes de ciertas situaciones
- Se bloquea, se angustia o necesita mucha seguridad para hacer cosas acordes a su edad
- Parece vivir en un estado de alerta constante
La ansiedad infantil y la ansiedad en adolescentes pueden manifestarse de formas muy distintas según la edad y el momento evolutivo. Acompañar a un niño, niña o adolescente con ansiedad puede resultar muy desgastante. Muchas familias sienten preocupación, culpa o impotencia al no saber si lo que ocurre “es normal” o si algo no va bien.
Miedos y ansiedad: qué es esperable y cuándo conviene atenderlo
El miedo forma parte del desarrollo. A lo largo de la infancia y la adolescencia es habitual que aparezcan temores en distintas etapas: a la oscuridad, a separarse, a equivocarse, al rechazo, a fracasar o a no encajar.
La ansiedad se convierte en un problema cuando:
- el miedo es desproporcionado o muy intenso
- se mantiene en el tiempo
- interfiere en la vida diaria
- limita la autonomía, el aprendizaje o las relaciones
- genera un sufrimiento significativo en el/la menor o en la familia
En esos casos, el problema no es que exista miedo, sino cómo se está gestionando y qué consecuencias está teniendo.
Cómo se mantiene la ansiedad en niños, niñas y adolescentes
La ansiedad no aparece de la nada ni se mantiene por una sola causa. Suele construirse y sostenerse a través de un conjunto de factores que interactúan entre sí, como:
- evitación de las situaciones que generan miedo
- búsqueda constante de seguridad
- dificultad para tolerar la incertidumbre o el malestar
- respuestas del entorno bienintencionadas pero sobreprotectoras
- presión académica, social o emocional
- experiencias previas de fracaso, burla o inseguridad
A corto plazo, evitar o proteger reduce la ansiedad. A largo plazo, la refuerza, haciendo que el miedo crezca y se generalice.
Ansiedad y otros aspectos relacionados
La ansiedad en la infancia y la adolescencia puede aparecer junto a:
- rabietas, impulsividad o problemas de regulación emocional
- problemas escolares o de rendimiento
- baja autoestima
- aislamiento social
- cambios vitales importantes (separaciones, mudanzas, duelos)
Por eso, es importante comprender el contexto global del menor, no solo el síntoma visible.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
Puede ser buen momento para consultar cuando:
- el miedo o la ansiedad no disminuyen con el tiempo
- el/la menor evita cada vez más situaciones
- hay un impacto claro en el colegio, el sueño o las relaciones
- el malestar genera mucha tensión familiar
- sentimos que “ya no sabemos cómo ayudar”
No es necesario esperar a que la situación sea grave. Abordar la ansiedad a tiempo puede prevenir que se cronifique y facilitar un desarrollo más seguro y autónomo.
¿Cómo trabajamos la ansiedad en psicoterapia?
El objetivo de la terapia no es eliminar el miedo, sino ayudar a que el niño, niña o adolescente aprenda a relacionarse con él de una forma más funcional y manejable, favoreciendo su autonomía y bienestar.
En los casos de infancia y adolescencia, el trabajo comienza habitualmente con una primera entrevista con madres y padres, en la que recogemos la información necesaria para comprender qué está ocurriendo, en qué contexto aparece la ansiedad y cómo se está gestionando en el día a día.
En las siguientes sesiones dedicamos tiempo a conocer y evaluar al menor, adaptándonos a su edad y a su forma de expresarse. Este proceso no es solo evaluativo, ya que muchas veces, el propio espacio de escucha, comprensión y vínculo ya resulta terapéutico y permite empezar a aliviar el malestar.
Posteriormente realizamos una devolución a la familia, compartiendo lo observado y acordando conjuntamente cómo continuar el trabajo, si es necesario. En función de cada caso, la intervención puede centrarse en el menor, en la familia, o en ambos.
En las primeras sesiones trabajamos en:
- comprender cómo se manifiesta la ansiedad
- identificar situaciones, pensamientos y respuestas que la mantienen
- conocer el contexto familiar, escolar y evolutivo
A partir de ahí, el trabajo terapéutico se orienta a:
- reducir la evitación progresivamente
- aumentar la tolerancia al malestar
- fortalecer la sensación de competencia y autonomía
- acompañar a madres y padres para ajustar las respuestas que ayudan
- favorecer una relación más segura con el miedo
El proceso se adapta a la edad, las características del menor y la situación familiar.
Acompañar también es cuidarse
Muchas familias conviven durante mucho tiempo con la ansiedad de sus hijos e hijas pensando que “ya se pasará” o que es algo que tienen que aprender a aguantar. Pedir ayuda no significa que algo vaya mal, sino que se quiere acompañar mejor.
Si os sentís identificadas o identificados con lo que habéis leído, podéis escribirnos por WhatsApp y solicitar una primera cita. Valoraremos el caso con calma y veremos cómo acompañaros








