El supuesto síndrome posvacacional

“La euforia diagnosticadora puede ser perjudicial para nuestra salud como individuos y como sociedad.” Allen Frances

Ya está. Ya lo hemos conseguido. Tanto bombo ha tenido resultado. Ya podemos decir con orgullo que ese intervalo de tiempo que necesitamos para sentirnos del todo adaptados en el trabajo tras las vacaciones, se llama síndrome posvacacional (ironía).

Signo, síntoma, síndrome.

Para definir este síndrome prefiero empezar aclarando la diferencia entre “signo” y “síntoma”. Desde el ámbito de la salud se considera signo a cualquier dato objetivo que sea observable de manera evidente por parte del especialista en cuestión. Sin embargo, un síntoma es la referencia subjetiva de la percepción de una presunta manifestación de un estado anómalo en el cuerpo. Es decir, desde el ámbito de la salud mental, un síntoma, en muchas ocasiones, puede ser de todo menos objetivo, observable y evidente. Pues bien, un síndrome es una agrupación de síntomas que suceden contemporáneamente. Con lo cual, la cosa se pone bastante difusa de entrada.

Psicopatologización posvacacional

Recuerdo el caso de un hombre que en primera sesión me dijo que su motivo de consulta era que estaba triste porque su madre había fallecido la semana anterior. Le respondí que lo preocupante sería que no se sintiera triste.

En el caso del síndrome posvacacional, los síntomas no son más que las consecuencias propias de un proceso de adaptación (unos días), al tener que reincorporarse al puesto de trabajo tras un período vacacional, como pueden ser: cansancio, alteraciones del sueño y del apetito, dolor muscular, irritabilidad, desmotivación y tristeza. A todo el mundo le cuesta volver a la rutina, sobre todo teniendo que romper con otra que habíamos adquirido con más gusto.

Sin embargo, la realidad que nos encontramos es que lo que debería ser identificado como un mero proceso de adaptación, se medicaliza y percibe como un problema que debe ser tratado por profesionales de la salud. Algo estamos haciendo mal. ¿Qué? Bastantes cosas. ¿Quién? Pues la verdad es que no se libra nadie.

En primer lugar, la propia sociedad en general ha cambiado su manera de entender los conceptos de salud y enfermedad. De hecho, cuando nos hablan de salud pensamos en enfermedad. Tenemos miedo a tener “algo”, a tener cualquier enfermedad. Hemos reducido muchísimo la tolerancia al dolor, el sufrimiento y la frustración. Qué decir del farragoso y subjetivo mundo de los diagnósticos en salud mental. Los compramos todos convirtiéndonos en una sociedad cada vez más patofóbica. Sumémosle el acceso a la sobreinformación de internet, dónde basta un rasgo hipocondriaco para que cualquier búsqueda acabe en cáncer o muerte. Además nos autoexigimos ser felices, muy felices, con confeti, matasuegras y sonrisas profident en filtros de instagram. Necesitamos estar “perfectos” y que la solución sea inmediata. Creo que estoy enfermando sólo de pensar en tomarme la vida así.

En segundo lugar, los medios de comunicación y las instituciones políticas tampoco lo ponen fácil. Nos encontramos con información sesgada, y que muchas veces resulta ser publicidad velada en forma de presunta información. Las decisiones políticas surgen a salto de mata, burocratizando la asistencia y manteniendo un modelo basado en la demanda, en vez de en la necesidad real. Esto ha favorecido esa proliferación de la demanda de ayuda a causa de problemas personales o sociales que poco tienen que ver con patologías, como el supuesto síndrome motivo de este artículo. El resultado es que en los servicios asistenciales se han visto desbordados.

En tercer lugar, estos profesionales desbordados, también forman parte de esta rueda, utilizando la farmacoterapia como primera opción a causa de esa sobresaturación asistencial. Pero sobre todo psicopatologizando. Colaboramos metiendo en el mismo saco sintomatologías clínicamente relevantes y reacciones que como mucho pueden ser estadísticamente significativas.

Debemos estar atentos y ser críticos con la psicopatologización y medicalización de la vida cotidiana. No es tarea fácil, porque así como en los casos extremos de enfermedad mental grave y salud mental “perfecta”, la distinción es obvia y fácil de identificar, si observamos la línea que separa un trastorno mental (o síndrome) de la normalidad, dicha línea es tan fina y difusa que, los profesionales de la salud mental aparecemos rápidamente utilizando nuevos términos patologizantes para catalogar tanto a los pocos que necesitan ayuda, como a muchos otros que no la necesitan. Por supuesto, las relaciones de los profesionales con la industria farmacéutica también condicionan enormemente este aumento creciente de la medicalización.

En último lugar, a la industria farmacéutica le interesa encontrar mercados donde promocionar enfermedades, para promocionar soluciones (medicamentos), para obtener beneficios, como empresas que son. Y punto.

La ciencia al pie del cañón

A pesar de que hay sesgos en el rigor científico de estudios, la comunidad científica independiente procura poner orden, lucidez y objetividad en todo esto. Por ejemplo, no dotando al síndrome posvacacional de entidad propia. No existe ningún estudio riguroso que confirme la existencia de este síndrome.

El hecho de entenderlo como una simple reacción consustancial a la situación vivida por el sujeto al volver de vacaciones, en vez de cómo un síndrome, dificulta enormemente identificar criterios diagnósticos específicos y sólidos que permitan estudiarlo de forma sistematizada para poder dotarlo de dicha entidad propia. Y menos mal. Por supuesto que hay procesos de medicalización que resultan ser fenómenos positivos, pero personalmente, de momento, al síndrome posvacacional en concreto, prefiero seguir llamándole “vuelta al cole”.

Por suerte, la historia también recoge algún caso de despatologización. Paul Watzlawick, tras eliminarse la homosexualidad como trastorno del DSM, dijo: eso ha constituido el mayor éxito jamás alcanzado, pues millones de personas se curaron de golpe de su enfermedad.

Un consejo para combatir el síndrome posvacacional

Como diría mi madre: eso yendo al cole/a trabajar se te pasa.

Referencias

  1. Frances, A. (2014). ¿Somos todos enfermos mentales?: manifiesto contra los abusos de la psiquiatría. Madrid: Ariel.
  2. Moré, M. A. (2013). Medicalización de la vida. Abordaje de su demanda en salud mental. Colegio oficial de psicólogos de Madrid. 4 (1), 45-54
  3. Oya, A. (2017). ¿Es la medicalización un fenómeno negativo? Un análisis de las consecuencias que suelen atribuirse a la medicalización. Daimon. Revista Internacional de Filosofía, 71, 7-18
  4. Watzlawick, P. (1995). El sinsentido del sentido o el sentido del sinsentido. Barcelona: Herder.
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